“La escuela es como una madre. Te tomó de mis brazos cuando apenas hablabas y te devuelve ahora mayorcito, fuerte, bueno y estudioso. ¡Bendita sea, y no la olvides jamás, hijo mío!

Serás hombre, irás por el mundo, verás ciudades inmensas, monumentos sorprendentes, y también te olvidarás de ellos;

pero del modesto edificio blanco, con las persianas cerradas y el pequeño jardín donde se abrió la primera flor de tu inteligencia, nunca te olvidarás, sino que lo tendrás presente hasta el último día de tu existencia, lo mismo que yo recordaré toda mi vida la casa en que oí tu voz por primera vez”.

Edmundo de Amicis

Por Daniel Amézquita

La función de las maestras y los maestros es imprescindible en las sociedades. El escritor y político inglés Joseph Addison menciona que la educación es para los seres humanos lo que la escultura al mármol, y en este caso las y los docentes son artistas, quienes inspiran y alientan a sus estudiantes en las distintas búsquedas y dotan de las herramientas para construir el espíritu crítico, son trasmisores y divulgadores que mantienen el conocimiento vivo.

Todas y todos recordamos a las maestras y maestros que han dejado su huella en nosotros, que compartieron sus experiencias y cómo éstas nos ayudaron a plantearnos los posibles escenarios de nuestra vida. Las y los docentes son ejemplo y guía en la interpretación del mundo, forjadores del carácter para enfrentar la adversidad y de las actitudes con las que nos conducimos. Su imagen está íntimamente ligada a la humanidad, quizás el vínculo entre docente y estudiante es el más entrañable en las relaciones personales, desde la antigüedad como Aristóteles y Alejandro Magno hasta en la ficción como Harry Potter y Albus Dumbledore.

El presidente Cárdenas, en los albores del siglo pasado, despidió a 20 mil soldados durante su gobierno para contratar maestras y maestros, como un desafío entre la fuerza y el conocimiento. Siempre habrá historias maravillosas de docentes que van más allá de sus funciones para lograr incidir y atraer a su alumnado y formarlos en la construcción de un mejor porvenir, estimulando su mente y espíritu, con entrega desmedida y creatividad inusitada. Contra toda circunstancia buscan las maneras de cumplir su deber, siempre podremos escuchar anécdotas de algún maestro que tenía que ir por un camino en medio de la nada para llegar a su salón e impartir clase, de una maestra que se disfrazó de Pitágoras para enseñar trigonometría a sus estupefactos alumnos o de aquel día que un maestro se gastó su quincena para hacer posible un festejo y que sus estudiantes tuvieran un rato de alegría y convivencia, que los motivara a no desistir, a no desertar. Sus métodos a veces no concuerdan con los protocolos que imponen los sistemas, sin embargo, estimular las mentes y la curiosidad de quien aprende requiere de una entrega total y mucha creatividad.

Entre las maestras y los maestros, madre y padre y las experiencias vitales de nuestro crecimiento se proyecta lo que seremos en el futuro, y aunque no dejamos de aprender nunca y con entusiasmo compartiremos lo que la vida nos enseña constantemente, siempre recordaremos a esa maestra que nos mostró la redondez de la “o”, o aquel maestro que nos habló por primera vez de las células y cómo existían en los seres vivos, a la maestra que nos obligó a memorizar las tablas de multiplicar, al maestro que nos dijo que también en la época prehispánica se jugaba algo parecido al futbol o al que, con mirada inexpugnable, nos vigilaba durante los exámenes.

Celebremos a las y los docentes cuya profesión es enseñar y aprender al mismo tiempo, es ayudar a sus estudiantes, es contribuir determinantemente al desarrollo de su alumnado, es ser profetas y exploradores. No permitamos que se denigre su estatura por circunstancias políticas o económicas, tampoco permitamos a las y los docentes apáticos y sin capacitación.

Celebremos a las maestras y maestros rurales que trabajan en las comunidades más alejadas, a las y los que enseñan a niñas, niños y jóvenes con discapacidad, a las maestras y maestros que enseñan con el ejemplo y no con la vara, a las y los que se comprometen totalmente en el microcosmos del aula, punto de fuga de las trayectorias de la vida. Nuestro país y nuestra historia necesitan de las y los que forjan aprendices, estudiantes, buscadores, no oyentes, ni memorizadores. También recordemos y agradezcamos a las maestras y maestros que dejaron su vida y legado en nosotras y nosotros, como un tatuaje de la virtud y la vocación en nuestro espíritu.