Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Cuando yo era niño, en mi natal pueblo de indígenas tarascos, se festejaba con devoción y sencillez la fecha 25 de diciembre; no la navidad como la inmensa mayoría la conoce, sino como la fecha que nos da la oportunidad para convivir con amor filial, afecto, respeto y reverencia, entre los integrantes de la familia y los seres queridos. Esta misma visión y filosofía imperaba en todos los pueblos purépechas (tarascos) de la Sierra Madre Occidental, correspondiente al estado de Michoacán, y en la región lacustre de la misma Entidad.
Una semana antes del 25 de diciembre, mi madre le decía a mi padre “cuando vayas a Uruapan o a Paracho compras uno o dos kilos de harina y medio kilo de piloncillo”; cosa que él hacía tan pronto le era posible. Al fin llegaba el 24 de diciembre que los niños esperábamos con gusto y emoción. Como a las 8 de la noche, mi madre ponía en el fogón una enorme cazuela de barro donde hervía la manteca; luego se sentaba en un pequeño banco de madera, en su rodilla izquierda se acomodaba una servilleta blanca y muy limpia para sobre ella hacer buñuelos con gran destreza, los cuales echaba en la cazuela (con la manteca hirviendo) para que se doraran; uno de mis hermanos le ayudaba a voltearlos con una vara punteada y a sacarlos de la cazuela cuando ya estaban dorados, acomodándolos en seguida en una canasta hecha con varas. Al estar dorados los primeros buñuelos, mi madre le decía a mi hermana “lleva esos buñuelos a tus abuelitos y también llévales una olla con atole blanco”; mi hermana, acompañada con otro de mis hermanos, con gusto hacía lo que le ordenaban. Mientras mi madre seguía haciendo más buñuelos, mi padre aprovechaba el tiempo para platicarnos, a su manera, sobre la llegada del Niño Dios y, en cada momento de su plática, nos daba consejos de afecto, de respeto, de solidaridad; en fin, de cómo llevar una vida con virtudes humanas entre los integrantes de la familia y entre las personas con quienes convivíamos a diario. Una vez que mi madre terminaba de hacer los buñuelos, en el mismo fogón ponía otra cazuela de barro, a ésta le echaba agua y piloncillos, los cuales se derretían con el agua caliente, convirtiéndose en una especie de miel para endulzar los buñuelos; éstos y el atole blanco eran nuestra cena del 24 de diciembre; cena y plática de mi padre que son, hoy, gratos recuerdos de mi infancia.
El 25 de diciembre, por la mañana, almorzábamos lo de siempre: frijolitos y tortillas, y adicionalmente atole. Cuando el sol estaba alto, mis hermanos, mis primos y uno que otro amigo, nos juntábamos en bola y nos íbamos al plan, recién pasadas las cosechas, a buscar cañuelas secas (tallos secos de maíz); cada uno de nosotros recogía cinco o seis cañuelas, de las más sanas, y nos regresábamos a la casa; ya en el patio de tierra nos sentábamos a pelar las cañuelas para sacarles el corazón que es blando y moldeable; con este material y las cáscaras de la cañuela o varitas delgadas se pueden hacer figuras humanas y de animalitos. Estando ya todo listo para hacer las figuras (los juguetes), el líder nos decía a todos los niños “haremos un concurso, el que haga más figuras y las más bonitas, ¡ése gana!”. Todos nos poníamos manos a la obra, cada uno de nosotros ponía su mejor ingenio y creatividad en la confección de los objetos de concurso; terminado el tiempo establecido, cada quien hacía un corralito con varas o piedras para ahí acomodar a los animalitos y a los pastores confeccionados. El líder buscaba a un adulto para ser el “jurado calificador” y determinar quién ganaba la competencia. El adulto invitado miraba con mucha atención y con gran seriedad los trabajos realizados; poco después daba su veredicto, empezando a decir: “En cantidad, todos están iguales; ciertamente Ponchito hizo menos animalitos pero son de mayor grado de dificultad y la dificultad compensa la cantidad”; todos los niños estuvimos de acuerdo. El “jurado” continuó dando su veredicto: “Beto hizo el burrito más bonito de todos, ¡véanlo!; Andresito, en cambio, hizo una vaquita pinta muy bonita (tenía manchas de tizne); pero miren el venado que hizo Juanjo ¡qué bonito!. . .”, y así fue señalando la mejor figura de cada uno de nosotros y concluyó su dictamen de la siguiente manera: “Niños, los felicito, todos son muy buenos para hacer animalitos, así como para hacer a los pastores; dense la mano y un abrazo porque todos son campeones”. Todos nos abrazábamos con una sonrisa de satisfacción y guardábamos nuestras “obras de arte” porque jugaríamos con ellas durante varios días. ¡Qué gratos recuerdos de mi infancia! ¡Qué dicha hacer juguetes con mis propias manos y con materiales de la propia naturaleza! ¡Qué momentos de dicha jugar con mis hermanos, con mis primos y con mis amiguitos!
El 25 de diciembre culminaba con una comida en la casa de mis abuelitos, donde se juntaban sus ocho hijos, con sus respectivas familias, siendo más de cien comensales entre adultos y nosotros los niños. El menú era muy sencillo: corundas (tamales hechos en hojas de maíz) y churipo (caldo con chile rojo). Antes de comer, mi abuelito (el patriarca de la familia, a quien todos respetábamos y venerábamos) nos daba, a todos, consejos para convivir en familia con amor, con afecto, con respeto y con adhesión. Esas palabras y los ejemplos que en vida nos dio él, aún perviven en nuestros días con nosotros y aunque todos aquellos niños hoy somos adultos, nos seguimos tratando con cariño, respeto y solidaridad. Así era la navidad entre los indígenas tarascos.