Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Repasando la historia: en 1810, la Nueva España (hoy México) contaba con más de 6 millones de habitantes; de los cuales 3 millones 676 mil eran indígenas, dos millones 338 mil criollos, mestizos y castas (siendo mayoría los mestizos); y 15 mil eran españoles peninsulares o europeos (Historia, Larousse 2009). De conformidad con estos datos, en 1810, la población indígena o autóctona era el grupo social más numeroso de la Nueva España pero también el que padecía las peores condiciones de vida; las castas (zambos, mulatos, moriscos, coyotes, cambujos y otras 15 mezclas de diferentes etnias) casi vivían en condiciones similares a las de los indígenas; los mestizos, hijos de españoles con indígenas, se diferenciaban poco de los anteriores grupos; los criollos, hijos de españoles nacidos en la Nueva España, eran considerados de segunda clase y se les excluía de los altos cargos políticos y económicos; mientras los españoles peninsulares (hacendados, políticos, militares y clérigos) gozaban de todo el poder y de todos los privilegios. Esta situación fue generando resentimientos, odios y una serie de tensiones sociales en contra de los peninsulares. Aunado a lo anterior, en el medio rural, los españoles despojaron a los indígenas de sus tierras comunales, convirtiéndolas en haciendas para la producción agrícola y el crecimiento económico. El despojo de tierras y la explotación que los indígenas padecían en las haciendas y la enorme desigualdad social que se vivía, tanto en el medio rural como en las ciudades, fue profundizándose el odio contra los poderosos, suscitándose conflictos y rebeliones por todas partes.
Una de estas rebeliones se organizaba el 15 de septiembre de 1810, por la noche, en Querétaro, San Miguel y Dolores (Guanajuato). Los conspiradores más destacados eran Miguel Hidalgo y Costilla, eclesiástico ilustrado y ex rector del Colegio de San Nicolás de Valladolid (hoy Morelia); Ignacio Allende, oficial y pequeño propietario de tierras; Juan Aldama, oficial también e hijo del administrador de una pequeña industria; Mariano Abasolo y la esposa del Corregidor de Querétaro, Josefa Ortiz de Domínguez. Al ser descubiertos los conspiradores, Miguel Hidalgo, párroco de Dolores, tomó la decisión de iniciar el movimiento armado por la independencia de México en la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Cientos de hombres armados con hondas, palos y machetes salieron del pueblo de Dolores para luchar contra la esclavitud y la miseria; al finalizar el primer mes de la rebelión ya sumaban 80 mil los insurgentes. La etapa más brillante del movimiento de independencia la organizaron José María Morelos, Hermenegildo Galeana y Mariano Matamoros; y la resistencia, en los momentos más difíciles, la soportaron Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y Pedro Moreno. Finalmente, Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide consumaron la independencia de México el 27 de septiembre de 1821. Sin embargo, aun cuando en los acuerdos se estableció la igualdad para obtener empleos y el respeto a las personas y propiedades; por otro lado, se garantizaron los privilegios y las propiedades del clero; se mantuvo en sus cargos a los jefes y oficiales del ejército, sin tomar en cuenta a los insurgentes, y los cargos políticos continuaron siendo de los poderosos.
Después de 206 años de haber iniciado el movimiento de independencia, hoy (2016) México cuenta con más de 115 millones de habitantes; de los cuales, el 85 % vive en el medio urbano, en ciudades y pueblos en las condiciones que conocemos; contamos con industrias, talleres, comercio, centros comerciales, carreteras, transporte, medios de comunicación, escuelas, universidades, hospitales, centros de recreación, empleos, entre otras cosas que marcan diferencia con aquella época difícil de 1810. Pero los indígenas que suman más de 10 millones (9.4 % de la población total), actualmente siguen viviendo en condiciones de extrema pobreza en las regiones más apartadas del territorio nacional; y los campesinos, los que tienen tierras y modo de cultivarlas viven en condiciones medianamente decorosas, pero los que no tienen tierras, ni en qué ocuparse, viven en condiciones de pobreza. Cien años después del movimiento de independencia tuvimos otro movimiento armado en l910 para establecer en México justicia social, en todos los órdenes de la vida. Ciertamente nuestro país presenta avances, pero aún persisten las desigualdades sociales. Si logramos superar los odios de las corrientes políticas, los odios y las intolerancias ideológicas, las ambiciones malsanas y los egoísmos, tal vez podamos ver un día un México mejor.