Josemaría León Lara

Faltan veintinueve meses para que Enrique Peña Nieto concluya su mandato como Presidente de la República, y las fichas en el tablero para la sucesión han comenzado a moverse. El que fuera un buen candidato a la presidencia (al menos desde el punto de vista mercadológico), ha dejado mucho que desear; su popularidad y credibilidad actualmente se encuentran muy deterioradas puesto que más allá de los logros obtenidos, su administración se ha visto envuelta en escándalos.

El sexenio dio comienzo con buenos aciertos, como fue el Pacto por México con las negociaciones de las principales fuerzas políticas del país (en ese entonces) para hacer una realidad la ambiciosa agenda legislativa que terminó por recibir el nombre de las Reformas Estructurales. Como consecuencia de lo anterior, el Señor Presidente fue reconocido a nivel internacional como un gran estadista, e inclusive se decía que estaba “salvando” a México.

La situación del país desde la óptica mediática era de real progreso, sin embargo la situación social del país se presentaba como una amenaza para la estabilidad. La pobreza, el crimen organizado y la falta de oportunidades conformaban una mezcla en ebullición a punto de estallar, tal como lo dice el viejo refrán: no se puede tapar el sol con un dedo.

Iguala Guerrero, la Casa Blanca y el “escape” del Chapo, conformaron la gota que derramó el vaso;  un golpe del cual la Presidencia de la República aun no ha podido sanar. Recientemente vendría un posible último intento de reinventar la imagen del Presidente y de su partido, con las leyes anticorrupción, la homologación de los matrimonios igualitarios a nivel nacional y el uso medicinal del cannabis, así como aumentar el gramaje de portación; sin embargo tal parece que les ha salido el tiro por la culata.

Es por tal motivo que no es sorpresa que en las pasadas elecciones el Revolucionario Institucional se viera en declive a nivel nacional. Poner en contra a la sociedad civil, a las iglesias y al sector empresarial fue un atentado directo en contra del capital político de su propio partido.

El 2018 está a la vuelta de la esquina y la probabilidad de permanencia del PRI en Los Pinos cada vez se ve más lejana. Son ya varios los nombres que suenan dentro del gabinete presidencial como posible candidato, tal como el titular de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, el de Desarrollo Social José Antonio Meade Kuribreña o el ya llamado delfín del presidente Aurelio Nuño Mayer, secretario de Educación Pública; no obstante actualmente tienen un largo y difícil camino por recorrer.

Las mal llamadas “izquierdas mexicanas” una vez más habrán de apostar por su máximo líder y mesías de la democracia Andrés Manuel López Obrador, quien por tercera vez entrará a la contienda por la máxima magistratura del país. Es importante resaltar que para el 2018 la izquierda habrá tenido únicamente dos candidatos a la presidencia en 30 años.

En el caso de Acción Nacional la disputa por la candidatura se encuentra entre el actual presidente del Comité Ejecutivo Nacional, Ricardo Anaya Cortés y la ex Primera Dama de México, Margarita Zavala Gómez Del Campo de Calderón. El gran problema de PAN son sus grupos internos, situación que de no ponerse de acuerdo de manera pacífica y democrática al interior del partido, podría resultar contraproducente.

El resto de los partidos (que más bien son de mentira), optarán por ir en coalición para poder seguir con vida y que sus esferas de poder permanezcan viviendo a costa del presupuesto. Así como los Independientes, que de no llegar en unidad sus resultados podrían resultar desastrosos.

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@ChemaLeonLara