Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana pasada me referí al tema de la protección civil, a partir de una conversación que tuve con el teniente José Erin Ferrel Díaz de León, del Heroico Cuerpo de Bomberos de Aguascalientes. Señalé que los sismos de septiembre de 1985 fueron el punto de partida para la generación de una cultura de la protección civil, que no es otra cosa que los esfuerzos que realiza la sociedad para protegerse de todo tipo de riesgos.

En opinión de Ferrel, falta conciencia ciudadana a propósito de este tema, dada la tendencia que existe a considerar como riesgos únicamente fenómenos como sismos o inundaciones, cuando en realidad éstos son mucho más amplios. Por ejemplo, recuerda este hombre que en el periodo más oscuro de sicarios, hace aproximadamente 10 años, hubo un debate a propósito de si estos entrarían en el inventario de catástrofes; si era cuestión de seguridad pública, o qué.

La protección civil; la catalogación de riesgos, implica responder a las preguntas: ¿qué hacer en caso de…? y ¿qué no hacer? Entonces, por ejemplo, uno tendría que cuestionarse sobre la forma de proceder si se encuentra uno inmerso en una balacera…

En este sentido, la protección civil es muy amplia. Ferrel recuerda que el jueves negro, el día del asesinato de varios policías en el poniente de la ciudad, escucharon por radio frecuencia puros chismes; decían que los delincuentes tenían secuestrada a gente de la Universidad La Concordia y de la Universidad del Valle de México, y que en esta última los matones habían entrado a tomar rehenes, pero todo era falso, y sin embargo en el momento de los hechos, que no se tenía información cierta; comprobada, ¿qué hacer?

Situaciones como ésta tendrían que obligar la generación de protocolos internos a propósito de cómo actuar ante una emergencia.

Actualmente se realizan simulacros en lugares como INEGI, empresas grandes como Nissan, Sensata, etc., que están en la vanguardia de estas prácticas, pero también en escuelas, edificios gubernamentales… y en ellos puede haber diversas modalidades: simular heridos, un fuego, un derrumbe…

Y entre toda la gente que participa en estos ejercicios, las más entusiastas; las grandes dirigentes, son las maestras de escuelas, el personal de guarderías. En estas instituciones se organizan brigadas de evacuación, de búsqueda y rescate, de primeros auxilios, y de juegos. Entonces, para evitar el pánico, por ejemplo, sacan a los niños de la mano, cantando, y ya fuera los sientan en el suelo y siguen cantando… Otras alejan a los niños con un listón, formando un trenecito. Tampoco faltan aquellas que en su celo llegan a sacar hasta dos niños con cada brazo. Entonces les dicen: si se cae, se caen los cinco, se va a lesionar y no va a caminar y todo será inútil.

El IMSS, por ley, exige que toda empresa realice dos simulacros al año, cosa que se hace en empresas grandes y medianas, pero menos en pequeñas. En las escuelas debe realizarse al menos uno sin avisar. Pero hay instituciones públicas, las universidades por ejemplo, en donde no se llevan a cabo estas prácticas…

Aquí se habla del desarrollo de una cultura de protección civil encaminada a enfrentar situaciones que involucran a la colectividad, y que por fortuna y hasta la fecha, han quedado en eso, en simulacros, pero hay un sinfín de situaciones cotidianas, que también exigen una respuesta y que frecuentemente no nos encontramos en condiciones de dar, tan sólo porque no estamos debidamente aleccionados. Por ejemplo, ¿qué ocurre con una persona mayor, que vive sola, y que sufre una caída que lo incapacita para reaccionar? Aquí es donde las organizaciones vecinales tendrían que cumplir con la función de estar al pendiente unos de otros.

En rigor se puede hacer mucho para promover una cultura de protección civil. Algunas de estas cosas se cumplen más bien por ser obligatorias, por tratarse de asuntos prescritos por la norma jurídica, y esto, en el contexto de una sociedad tan dada a bordear la ley; a darle la vuelta en lugar de cumplirla, da pie a la falta de convicción o, mínimo, a una situación que tendría que ser relativamente natural; obvia. Y sin embargo no lo es. Prueba de ello está la costumbre de muchos de utilizar el teléfono móvil mientras se conduce un vehículo… Quizá en muchos casos no se hace, no por una conciencia sobre el riesgo que entraña esta práctica, sino porque está prohibido por la ley.

Concluyo con algo que me dijo este joven bombero, que de entrada está para tener en cuenta. Dice él que falta lo que denominó como identidad aguascalentense, referida, por ejemplo, a cuestionarse sobre el porqué una zona determinada de la ciudad tiene esto y lo otro, un centro cultural, un parque; lo que sea, y otra noEsta situación tendría que generar una exigencia hacia los gobiernos, a fin de incrementar la infraestructura social, en este caso relacionada con la protección civil… Esto sucedió, por ejemplo, cuando el auge de los módulos de policía. ¿Se acuerda? Que de pronto proliferaron por todas partes, en alguna medida a partir de exigencias ciudadanas.

Ferrel considera que por principio de cuentas la viabilidad de una ciudad estaría dada por una administración pública adecuada y por la seguridad civil que otorgan la policía y los bomberos. A partir de esto cabría preguntarnos cómo andamos en estos temas, sobre si existe la infraestructura suficiente; una buena capacidad de respuesta, etc.

Termino con la siguiente reflexión: Estoy seguro que a usted, como a mí, le parece que morir es siempre trágico; una desgracia –por muy natural y normal y común que sea–, pero morir tontamente, por una estupidez, es peor tantito, algo que no tiene nombre; indigno de una persona. Entonces, si algo aprendimos de los terremotos de 1985; si asimilamos las múltiples lecciones que aquella tragedia nos acarreó a muchos, algún valor habrá tenido el sacrificio de miles de personas…

Termino ya, con un fragmento del poema Miro la Tierra, de José Emilio Pacheco, que más valiera que no hubiera motivo para haberse escrito; un fragmento escogido casi al azar, casi. Y dice: “No existe el pesimismo. Uno apuesta a la vida/al levantarse de la cama, hacer proyectos, hablar. / El mundo se sostiene en la creencia / de que la muerte y la tragedia pactaron / nada más con nosotros y nos dejan tranquilos / para que todo siga mediobien, mediomal / -hasta que un día irrumpe la catástrofe. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).