Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Era tan bella (nos parece ahora)

esta ciudad que odiábamos y nunca

volverá a su lugar.

Hoy una cicatriz parte su cuerpo.

Jamás podrá borrarse. Siempre estará,

dividiéndolo todo, el terremoto.

José Emilio Pacheco, Miro la tierra (fragmento)

19 de septiembre de 1985… Para millones de mexicanos es esta la fecha trágica por excelencia; el día de acontecimientos que partieron en dos la vida en un antes y un después, los miles de muertos, la destrucción de una cantidad importante de activos sociales; de infraestructura, la parálisis pública frente a la catástrofe, la organización social para auxiliar a los damnificados, los actos de heroísmo, la corrupción que se puso de manifiesto en edificios mal construidos; en ayuda desviada y/o condicionada, las costureras de los talleres de San Antonio Abad en México, los recién nacidos del hospital Juárez, los que murieron en otras regiones del país, en Ciudad Guzmán, Jalisco; en Playa Azul, Michoacán; y por todas partes; en todas las personas, la certeza del carácter efímero de la vida; su fragilidad extrema…

El terremoto –curiosamente usamos el término en singular, cuando en rigor fueron dos, aparte de un sinfín de réplicas– afectó la vida de muchos; de millones, pero unos pocos expresaron su dolor, su consternación e impotencia, a través de crónicas, cuentos –¿te acuerdas de Eduardo, ¿aún tiembla?–, documentales, poesía como la que encabeza estas líneas, aparte de una serie de decisiones institucionales encaminadas a prepararse(nos) para enfrentar una eventualidad de estas características. ¿Y qué decir de la dimensión política de estos fenómenos naturales? No faltan quienes señalan que lo provocado por los sismos, la organización ciudadana que generaron al margen de los partidos y sus organizaciones, confrontada con la suficiencia gubernamental, constituyó un momento clave en la transición democrática que vive el país –¡desde hace cuánto tiempo; hasta cuándo!

Ahora, mientras escribo estas líneas escucho una rola del Profeta del nopal, Rockdrigo González, uno de los muertos ilustres del terremoto. Es una versión que me pasó don Fernando de Amézquita de Los intelectuales, la misma que dice: en un lejano lugar/retacado de nopales/había unos tipos extraños llamados intelectuales /se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos/pues no querían seguir siendo/vulgares tipos autóctonos

No le contaré que ese día, a la hora del inmisericorde encogimiento de tierra; de la enérgica lucha de titanes subterráneos, las 7.19 a.m. –¿cómo olvidarlo?–, estaba yo ascendiendo de las brumas del sueño a la luminosidad de la vigilia, disponiéndome a iniciar una flamante jornada que comenzaría con la preparación del primer biberón del día… Entonces dormíamos mi esposa, nuestro hijo y este proveedor de biberones y de algunas otras cosillas, en una recámara que tenía una ventana de bandera, y esta se encontraba abierta. Este hecho ocasionó que cuando la tierra comenzó su brutal bamboleo, la ventana se moviera de manera ostensible, provocando un ruido que acabó de devolverme la conciencia. No se lo cuento porque en última instancia un temblor es para nosotros, que vivimos en esta tierra en que se han colocado todos los huevos en una canasta, algo ajeno a nuestra experiencia de vida; algo que ocurre en otras zonas del mundo. Pero si aquí se siente una cosa de esas, ya podemos imaginar cómo fue en otros lugares, considerados como sísmicos…

Me acuerdo del encabezado de una nota sobre este hecho, del periodista Jaime Arteaga Novoa, de El Sol del Centro. Un comentario en el que bromeaba con el mareo que el movimiento pudo ocasionar a algunas mujeres, señalando que quizá les hubieran fallado las cuentas y estuvieran embarazadas…

A raíz de estos hechos, el gobierno del presidente Vicente Fox promulgó un decreto el 18 de septiembre de 2001, declarando el 19 de septiembre como día nacional de la protección civil, y en esta dinámica comenzamos a recorrer un sendero tendiente a generar una cultura que nos enseñara a protegernos y a afrontar emergencias.

Se me figura que ese día es, también, una jornada para la celebración de la vida, en el pecho la certeza de que esta nos persigue. Pero también es un día de silencio y reflexión, entendida ésta como el esfuerzo de valoración de la vida, para ver cómo estamos.

A propósito de este tema, conversé en días pasados con el teniente José Erin Ferrel Díaz de León, que hace su vida en el Heroico Cuerpo de Bomberos de Aguascalientes. Ahora comparto con usted algunas cosas que me contó.

Una de las actividades que se realizan en esta fecha son los simulacros de evacuación… Si bien es cierto que casi inmediatamente después de los sismos comenzaron a realizarse labores tendientes a establecer una cultura de la protección civil, fue en la presidencia municipal de Alfredo Reyes Velázquez (1996-1998) cuando se estableció de manera formal la coordinación municipal de protección civil –y habría que preguntarse qué es lo que se hace en otros municipios–. Después vino la protección civil estatal, aunque con mínimos recursos.

Uno de los simulacros más importantes que se realizan en estos días ocurre en las instalaciones del INEGI, y no es para menos, dado que muchas de las personas que trabajan ahí vivieron la experiencia de los sismos, y entonces tienen una conciencia muy clara de eso. El asunto les merodea en la piel, provocando escalofríos…

Esto sucede a un grado tal, que hay personas que el día del simulacro no se presentan, porque el solo hecho de escuchar la sirena de alerta de evacuación los estresa hasta la parálisis. En una ocasión, en uno de estos simulacros de INEGI, Ferrel vio a una mujer parada por ahí, que no se movía. Se acercó, saludó y le ofreció ayuda para salir. Después de todo no es obvio enfrentar algo superior a nuestras fuerzas… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).