Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

El pasado sábado su cumplieron 180 años de que el Congreso General de la República decretara la creación del estado-departamento de Aguascalientes…

Si me permite, le cuento brevemente el proceso que culminó en este acto. Por principio de cuentas sería erróneo asumir que la independencia nacional, formalmente alcanzada el 27 de septiembre de 1821, significó la creación de un México acabado, tal y como lo conocemos ahora. Tener en cuenta esto es importante porque de otra forma no se entiende, por ejemplo, que el gobierno central se enfrentara con las armas en la mano a algún gobierno estatal, tal y como ocurrió cuando la fundación del estado-departamento de Aguascalientes.

En realidad la conclusión de la guerra de independencia significó, apenas, no mucho más que el cambio de autoridades; el inicio de la construcción del país, que se prolongó prácticamente durante todo el siglo XIX, y que fue en extremo dolorosa y turbulenta. En parte esta situación obedeció a la falta de experiencia de quienes asumieron las riendas de la flamante nación. Por desgracia la corona española, y con ella el gobierno virreinal, fue poco proclive a involucrar a los locales en las responsabilidades del gobierno. Aquí vale la pena recordar el bando emitido por el virrey Carlos Francisco de Croix en 1767, dictado para hacer cumplir en este territorio la expulsión de los jesuitas. A más de alguno no le gustó la cesárea determinación, y tuvo el atrevimiento de alzar la voz. Entonces el virrey declaró que todos los vasallos de cualquiera dignidad, clase y condición que sean, (están obligados) a respetar y obedecer las siempre justas resoluciones de su soberano (véase http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/1Independencia/1767BMC.html) Acto seguido lanzó su brutal maldición; de una hondura tal, que nos persigue hasta nuestros días. Dígame si no: “deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.

Ante estas palabras ominosas me encantaría decir como a los niños ante una caída; un raspón. Decir al tiempo que se acaricia la parte dañada y se enjugan las lágrimas: ya pasó, ya pasó… Así me gustaría decir ante esta sentencia terrible, pero me temo que no ha pasado y medio seguimos en las mismas. En fin. De entrada, los mexicanos de aquella época se preguntaron: ¿qué tipo de gobierno queremos; qué clase de nación deseamos ser? Eso se preguntaron, pero no crea usted, estudiado lector, que lo hicieron de manera civilizada, racional, sentados ante una mesa y acompañando la discusión con una taza de café… No, por desgracia no fue así. Lo hicieron a punta de balazos, asonadas, manifiestos, planes y golpes de Estado. Eso sí, todo muy patriótico; todo en bien de la sufrida Patria.

De conformidad con mi inútil opinión, esta construcción tuvo dos momentos culminantes. En primer lugar, la promulgación de las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, por una parte, y la introducción del ferrocarril a lo largo y ancho del territorio durante el porfiriato, por la otra. Para mi gusto el primer momento señala la auténtica independencia del país; la ruptura de la inercia generada desde el virreinato, y el inicio auténtico de una senda diversa a la anterior. De aquí que tenga la temeridad de afirmar que entre 1821 y 1857, el país siguió en una inercia perversa, como hijo que ha expulsado a sus padres de su vida, pero todavía no sabe a dónde ir ni cómo hacerlo, derrochando energías, perdiendo territorios y probando opciones de gobierno que fueron del imperio a la dictadura, pasando por la República federal y la República central.

Así las cosas, Aguascalientes nació en 1835, que es el año en que la República federal estaba casi de cuerpo presente; así lo indicaron la separación de Texas y su conversión en República, y las tendencias separatistas de entidades importantes como Jalisco y Zacatecas –ante el estrepitoso fracaso federalista, la República central sería proclamada al año siguiente–. El hombre fuerte del país era entonces el general Antonio López de Santa Anna, que un día se acostaba centralista para amanecer al siguiente federalista, y viceversa, de acuerdo a su conveniencia y humor.

Me encantaría referirme con algún detalle a las diferencias que separaban a la federalista Zacatecas del centralista gobierno nacional, pero ni que fuera para mí todo el periódico. Así que deberá bastar con señalar que estas divergencias crecieron a un grado tal que de las palabras se pasó a las manos, y entonces el gobierno nacional se sintió obligado a aplicarle al de Zacatecas un correctivo inolvidable.

Vino el general Antonio López de Santa Anna al frente de un contingente armado, y llegó a Aguascalientes el uno de mayo de ese año –no era el presidente de México. El cargo lo ostentaba el general Miguel Francisco Barragán–. Aquí fue recibido, quizá no como se merecía, pero sí como le gustaba, con toda pompa y circunstancia. Reunido con el ayuntamiento de esta, que era una de las demarcaciones más poderosas y ricas de Zacatecas, los miembros de la corporación le expusieron al hombre fuerte los agravios que la entidad a la que pertenecía les había infringido, reales o ficticios, por lo que solicitaban la separación de aquella, y la constitución del estado de Aguascalientes. Entonces Santa Anna vio en esta situación una oportunidad inmejorable de asestarle a Zacatecas un buen golpe, aparte del militar, y se comprometió a ejercer sus “buenos oficios” ante el Congreso nacional, para que esto ocurriera. Siguió el general gallero y su gente camino al norte, en busca de pleito con los zacatecanos. El encuentro, exitoso para las tropas del ejército centralista, tuvo lugar el 11 de mayo cerca de la capital del estado.

Santa Anna y compañía regresaron a México, y el tirano no tardó mucho en cumplir con su compromiso, cosa que ocurrió el 23 de mayo de 1835, el sábado anterior hace 180 años. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).