Hace un par de meses, alrededor del 23 de mayo, aproveché este espacio para recordar el 180 aniversario de la fundación del estado de Aguascalientes, ocurrida en un día como ese, pero del año de 1835. Me referí a las circunstancias en que ocurrió este hecho, la disputa entre federalistas y centralistas, el enfrentamiento entre el Gobierno General, encabezado por el general Antonio López de Santa Anna, que para esas fechas se había vuelto centralista, y algunos gobiernos estatales, federalistas, particularmente Jalisco y Zacatecas.

También hice mención de que a principios de mayo de ese año vino un ejército encabezado por el general veracruzano, a fin de darle un estate quieto al mandatario zacatecano, Francisco García Salinas, por insistir en la defensa de la soberanía de su estado. De paso por Aguascalientes, Santa Anna escuchó el clamor de las élites locales por los abusos zacatecanos, por lo que mi villano favorito No. 2, prometió que nomás escarmentaba a García Salinas, regresaría a México y promovería la separación de Aguascalientes de Zacatecas, tal y como ocurrió.

Eso hice público el 25 de mayo. Entonces el doctor Bonifacio Barba Casillas me escribió lo siguiente: “Pero la ‘voluntad’ de Santa Anna no crea el Estado de Aguascalientes. Eso fue con el congreso constituyente de 1856-1857.”

La verdad es que el proceso que culminó con la creación del Estado Libre y Soberano de Aguascalientes, fue más complejo que como lo conté aquí, y en todo caso el comentario me sirve de pretexto para escribir un poco más sobre estos hechos.

Ciertamente, el doctor Barba tiene razón en su dicho: como estado Aguascalientes adquirió su existencia legal con el decreto del Congreso General que, de esta forma, honró al Estado de Derecho que fuimos, somos y seremos. Sin embargo… Sin embargo, también yo la tengo, porque a final de cuentas el nacimiento del estado obedeció a un acto arbitrario; discrecional, del Hombre Fuerte de ese momento, en una decisión que adquirió su moderno ropaje de civilización en el decreto del Congreso General, y que fue ideada para disminuir a su enemigo.

Por lo visto uno de los problemas que debieron enfrentar los antiguos para resolver situaciones como ésta, fue la falta de una idea clara de cómo debería procederse. Así lo indica una parte del Dictamen de la Comisión de la Cámara de Diputados, que en su tercer párrafo dice lo siguiente, fíjese bien: “La solicitud de Aguascalientes se contrae a que se le declare Territorio de la Federación. La Constitución del año de (18)24 nada determinó sobre este caso; no dijo por quién ni en qué términos debía dirimirse una contienda suscitada por agravios de un Estado a uno de sus partidos, a pesar de ser un caso tan posible que ya se ha repetido tres veces, y es de temer que se repita algunas otras. De aquí se deduce que, sea cual fuere la providencia que se dicte, no infringirá la Constitución que, como queda dicho, nada previene” (el documento en ¡Lo que fue! ¡Lo que es!).

Pero independientemente de la decisiva intervención del general Santa Anna, el Cabildo de Aguascalientes envió una representación al Soberano Congreso General, a fin de que tuviera a bien “la dignación de aprobar y autorizar la emancipación que esta misma ciudad, libre y espontáneamente ha hecho del antedicho Estado (Zacatecas) y su erección en Territorio, declarando en consecuencia legal y subsistente este paso, pues a ello ha lugar en términos de rigurosa justicia”, etc.

Por lo pronto, el doctor Barba y este servidor de la palabra, coincidimos en interesante conversación suscitada por su comentario, que este episodio; esta mezcla de luchas personalistas y/o ideológicas y normas jurídicas, pone de manifiesto un enfrentamiento que viene realizándose desde el mismísimo nacimiento de México y que, por desgracia, no termina por resolverse de manera definitiva a favor del lado luminoso.

Se trata de la lucha que sostienen desde hace siglos el caos y el orden, la barbarie y la civilización, el poder y la autoridad, la arbitrariedad; la discrecionalidad, y el derecho y la justicia…

Daniel Cosío Villegas escribió en el prólogo de la Historia Moderna de México, que nuestro país había pretendido hacer en un siglo lo que a Europa occidental le tomó alcanzar en dos o tres, con los resultados caóticos que conocemos.

¿Y qué era esto que quisimos hacer en una centuria? Convertir a México en un país de leyes, a imagen y semejanza de los de la Europa occidental y los Estados Unidos; una nación en que la convivencia entre los ciudadanos estuviera regida por ordenamientos legales que fueran respetados por todos, en primer lugar por las autoridades, quienes para el efecto estarían estructuradas a partir de un sistema de pesos y contrapesos… La verdad es que todavía estamos lejos de alcanzar esta meta. Por desgracia el asunto no ha perdido vigencia.

En fin. De regreso al tema que me ocupa, el decreto que dio vida a Aguascalientes fue aprobado por la Cámara de Diputados el 21 de mayo, y por la de Senadores dos días después, dándose entonces por sancionado.

Pero el asunto no paró aquí. Así que espere otro capítulo de esta apasionante historia (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).