Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 “Todas las personas mayores

 fueron al principio niños

(aunque pocas de ellas lo recuerdan)”.

Antoine de Saint-Exupéry

Usted no está para saberlo, amable y desprevenido lector, pero el suscrito que habla tuvo la experiencia, inusual sin duda, de ser el menor y el mayor de los hermanos. Así, como lo oye, cuando nací, mi tía Paulina, hermana de mi papá (siempre tuvo cardiomegalia, tenía un corazonzote así de grande), me expropió, al menos parcialmente y me llevó a incorporarme a su familia: Juan Felipe, Miguel Ángel, Héctor, Carlos Francisco y Gabriel, que ya se había enriquecido con la incorporación parcial también de Juan José (otro primo, entre Juan Felipe y Miguel Ángel), y yo me convertí en el “chiquillo” de aquella tropilla, hermanillo de indias, pero también protectorado ante las bromas y pruebas de la palomilla del barrio, tanto y tan hermanados que Gabriel y yo (apenas dos años de diferencia) hicimos un pacto, cuando nos preguntaban “¿Ustedes que son?” uno contestaba “primos…” y el otro agregaba “…hermanos”. Cuando fueron naciendo mis hermanos, hasta completar cinco, tuve entonces el papel, digo yo, medio ingrato de ser el mayor, que quién sabe por que, alguien inventó que tenía que ser modelo, pero que, sin duda, tocaba ser el “hijillo de Indias”, porque con el mayor, los padres bisoños nos ensayamos. Sin embargo el recuerdo de ambos papeles, mayor y menor, o simplemente de ser hermano, primo, conbarriano, en una niñez feliz, con raspones, tallones, esguinces, descalabradas, picaduras de avispas y de hormigas, escondites secretos que todos conocían, excursiones furtivas al arroyo, pavorosos festivales de fin de cursos, declamaciones plañideras, exhaustivos desfiles patrios e interminables “viernes primeros”, etc., etc., ¡una niñez feliz como tenía que ser!

Estas y parecidas reflexiones me acompañaban el pasado sábado entre la avenida Siglo XXI y la Línea (no tan) Verde, en las multicolores instalaciones de la Casa Hogar “Juntos en el camino de la Esperanza” que celebraba con un muy emotivo festejo quince años de esfuerzo, de trabajo, de tesón, de remar a veces contracorriente, de subir cuestas escarpadas, de desvelos, de emociones encontradas, de noches serenas con la satisfacción de la tarea cumplida, apenas un vasito de agua en el desierto porque al día siguiente renace el ajetreo, de contar con manos providentes que aligeran la tarea, de soportar ingratitudes, de ver posibilidades truncadas, de experimentar el dolor de los falsos testimonios, pero de renacer siempre con la labor gratificante de formar a la niñez que en la Casa Hogar encontró justamente el suyo, el sitio en donde experimentar la niñez feliz a la que todos los niños tienen derecho.

Para los quince años se preparó un gran festejo en el que participaron todos los miembros de esa gran familia, desde los miembros del staff, patronos, favorecedores, simpatizantes, miembros del consejo y desde luego los 48 hermanos que actualmente constituyen la familia de la Casa Hogar. La más pequeña, una simpática niñita de unos tres años que “cayéndose de curra” muy bien peinada, con sus moños, sus zapatos bien boleados, su vestido de holanes y la sonrisa a flor de labios no perdía pisada para no desentonar en la coreografía que acompañaba las canciones que entonaron en un magnifico orfeón todos, hasta el mayor, un garrido adolescente en los umbrales de la juventud que hacía el contrapunto con la “xocoyota”. El festejo empezó con el cántico de unas “alabanzas”, porque hay que decir que los buenos auspicios de esta casa provienen de un grupo de entusiastas y esforzados “hermanos separados” como les llamara S.S. Juan XXIII, que en mi niñez llamábamos “protestantes” (adjetivo que luego adquirió una gran riqueza cuando en 1968 salíamos a las calles para protestar contra un México autoritario, corrupto, populista y violento, que no acaba de irse), y que ahora simple y grandiosamente se autonombran “cristianos”. Vino la intervención estupenda del Pastor Gabriel, (no registré su apellido) de una iglesia avecindada en los suburbios de Houston, Texas, “chilango” converso o sin verso, en la que dio testimonio de la obra de Dios a través de los instrumentos de que se vale para hacer el bien: desde la directora hasta el más humilde de los donadores que colaboran en este proyecto del rescate de los infantes para que tengan la ocasión de ser personas de bien. El Pastor fue como su tocayo el arcángel, testimonio y heraldo de buenas nuevas al reconocer el trabajo realizado, y al anunciar con alegría lo que viene por hacer.

Como no estaba muy seguro de la ubicación de la Casa Hogar, procuré llegar temprano y tuve la oportunidad de que me mostraran las instalaciones, me interesaba especialmente, porque instituciones como esta asumen una tarea que debiera realizar el estado, y que, mientras se dilapida en promoción, propaganda y publicidad, que suelen tener presupuestos grandes, la asistencia social sobrevive con penurias y sacrificios. Las habitaciones son amplias, iluminadas y bien ventiladas, para seis ocupantes, sus camas con bases de mampostería pero con colchones mullidos, cada dormitorio tiene sus baños y espacio suficiente para guardar su ropa y útiles escolares. A la entrada de la habitación, un cartel anuncia el reparto de las tareas de limpieza y orden que se encomiendan de manera rotatoria a los ocupantes. Me trajo a la memoria una de las más importantes instituciones educativas de nivel superior de México, que es la Escuela Libre de Derecho, a la entrada un letrero anuncia a los visitantes y compromete a los de casa: “La disciplina y la limpieza de esta institución se encomiendan al honor de los alumnos”. Tiene sus áreas de juego y de deportes, un comedor amplio y cómodo, y en general instalaciones dignas y un área a punto de estrenarse con un proyecto interesantísimo de formación en arte. En fin una visita gratificante y alimentadora del espíritu. Artífice de este gran esfuerzo, quien ha conjuntado las voluntades y las ayudas, ha sido Marcela Esther Ortega, quien sin embargo prefiere decir con el salmista 127:1 Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen.

Hace algunos años que mi comunicación con la divinidad no es tan buena, la línea directa que alguna vez creí tener, se ha interrumpido, ¡Hay tanta interferencia! Pero el sábado en el crepúsculo, mientas el coro familiar de la Casa Hogar entonaba su invitación a la celebración: “Ven a cantar…”. En medio de un rompimiento de gloria percibí una sonrisa celestial que nos envolvió en un momento de paz y armonía, y para sellarlo, inició la lluvia como una alianza, ¡bendición tan anhelada! ¡Amén!

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